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Sobre la madurez emocional y las responsabilidades

May 9, 2018

Recuerdo muy bien la sensación que sentí cuando, siendo un crío, me dejaron por primera vez las llaves de casa. No se exactamente qué edad tendría pero recuerdo esa sensación de custodiar algo muy importante para la familia. Eran las llaves de mi padre o de mi madre, así que el valor era todavía mayor porque eran llaves "originales". Sabía que se podían hacer copias pero no podía imaginarme cómo las copiaban. Era pequeño. Así que no podía perderlas.

 

Luego, con el paso de los años, la sensación se repitió cuando siendo casi un adolescente, mis padres me dieron mi propio juego de llaves. Esa sensación de responsabilidad que recaía sobre mí a la vez que me aportaba libertad y autonomía.
Es curioso porque dicho así puede parecer cruel y quizá haya quien piense que mis padres me tuvieron encerrado en casa, pero os aseguro de que no es así. De hecho, más bien al contrario.

 

Estos dos hechos puntuales en mi vida sirven como anécdota para introducir un poco el tema del que vengo a hablar en esta entrada.

 

A menudo, en la convivencia entre personas y perros, el ser humano cae en la trampa de asumir más responsabilidades de las que le corresponden y eso conduce a situaciones cotidianas que van desde lo más anécdotico a lo más complejo. Pero situaciones que parten de una misma base: el control.

 

 Someter al perro o a la perra a un grado de control excesivo durante su vida cotidiana, tomar todas las decisiones (buenas o malas), durante los paseos, no permitir que el animal desarrolle su propio registro y criterio en lo que al entorno se refiere... todo ello y otras muchas cosas y actitudes nos llevan directos al estancamiento emocional del animal. Si no le permitimos tomar decisiones o, mejor dicho, no las respetamos. Si somos nosotros quien decide el cómo, el cuándo, el por qué (aun sin saberlo), el con quién, etc, etc estaremos forjando un futuro incierto en cuanto a la madurez y el equilibrio emocional del perro o de la perra.

 

Por contra, hay que saber qué responsabilidades son las que, efectivamente, recaen sobre nuestros hombros a todos los efectos, y qué responsabilidades recaen sobre sus lomos. Sólo así caminaremos juntos hacia la madurez emocional y hacia una convivencia sana y enriquecedora. No siempre es fácil saber dónde está la línea que separa los límites entre nuestras responsabilidades y las suyas, porque a menudo esos límites cambian. La flexibilidad es un arte que bien practicado puede aportar resultados muy interesantes. Pero tratar de ir demasiado rápido puede hacernos cometer errores. Así que si queréis ir sobre seguro os recomendaría que si sospecháis que vuestros mejores amigos perrunos no son plenamente maduros respecto a su edad, busquéis a una buena educadora canina o un buen educador canino que os puedan ayudar en este sentido.

Si tenéis la suerte de convivir con un animal adulto emocionalmente maduro, disfrutad! :)
 

Salud y hasta pronto!

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